Mesa de apuestas: Entre «la Bonillitis» y ver quién pierde primero en Morena

En la política chihuahuense, el poder no solo transforma, también reconcilia. Así lo demuestra una imagen que circuló recientemente en redes sociales: Brenda Ríos, ex candidata del Verde y ahora diputada local por Morena; Marco Quezada, ex alcalde priista, ahora morenista; y Miguel La Torre, antes panista y hoy morenista por conveniencia. Los tres, sentados en una mesa de restaurante en la capital del estado, conversando como viejos amigos que nunca se odiaron… solo se desconocían.

Esta postal, lejos de ser casual, es la fotografía del momento que vive Morena en Chihuahua: una franquicia política convertida en centro de reciclaje de cuadros que antes fueron oposición entre sí, pero que hoy encuentran refugio bajo el mismo techo que hasta hace poco combatían.

El encuentro despierta legítimas preguntas: ¿qué los une realmente? ¿Una ideología? ¿Un proyecto de nación? ¿Una convicción de cambio? No. Los une el pragmatismo crudo del poder, el cálculo de las encuestas, las candidaturas disponibles y la necesidad de seguir vigentes a como dé lugar.

Brenda Ríos, que pasó sin escalas del Verde a Morena, -ya lo dijo el senador de Morena Juan Carlos Loera-, representa el fenómeno de los cuadros sin arraigo, que se adaptan al color que más convenga. Marco Quezada, quien alguna vez caminó con el PRI y aspiró a la gubernatura con una plataforma de “unidad”, ahora comparte la mesa con quienes en su momento combatió. Miguel La Torre, que hizo carrera en Acción Nacional y fue uno de sus rostros más visibles en el Congreso, hoy aparece como operador en el morenismo de conveniencia.

Este tipo de escenas desdibujan la diferencia entre adversarios políticos y cómplices electorales. La fotografía no solo muestra una mesa de diálogo, retrata la anulación de principios y el avance de una política sin memoria ni vergüenza.

Pero más allá de la anécdota, lo que inquieta es el silencio que guardan los protagonistas. No hay explicaciones, no hay contexto, solo la imagen. Y ante la ausencia de narrativa, surge la burla ciudadana: ¿se reunieron para discutir su “Bonillitis” aguda? ¿Para ver quién pierde ahora? ¿O para apostar por el próximo Papa? La gente, con razón, ya no cree en discursos, solo en lo que ve: una clase política que se recicla, se perdona y se abraza, mientras la ciudadanía sigue esperando resultados.

El verdadero problema no es que los políticos cambien de partido, sino que lo hagan sin un debate público, sin rendición de cuentas, y sin dar la cara. Que pasen de un bando a otro como si cambiar de camiseta borrara la historia. Morena, que alguna vez se presentó como la alternativa, corre el riesgo de convertirse en el refugio de todos los desahuciados del viejo régimen.

Y cuando todos caben, nada importa. Ni los principios, ni la coherencia, ni la congruencia. Solo importa la siguiente elección.